El martes 26 de Julio fue su último amanecer. Su compañero de piso volvió de vacaciones dos días después y se encontró aquel desolador pasaje. Del ventilador colgaba su cuerpo, y bajo sus pies las botellas de vodka se repartían por el suelo. Con las ventanas cerradas y apenas rendijas de luz que asomaban de las persianas, el hedor y el humo de los miles de cigarros gastados en aquella semana se acumulaban, formando la auténtica atmósfera de la muerte. No dudó en dejar la maleta y tirar las bolsas en su desesperado intento de ayudarle, pero como ya he dicho, fue inútil. Sus ojos se clavaban, de forma directa o indirecta, en la mesa del comedor, donde yacían un simple lápiz y una carta.
En su funeral todos lloraban. Su familia, amigos y algunos conocidos que habían asistido se encontraban con angustia en el corazón, y un pensamiento conjunto: ¿Por qué un chico tan joven y tan alegre decidió acabar con su vida? Siempre sonreía a cada chiste, por malo que fuera. Siempre aconsejaba, por muy dolorosa o complicada que fuera la situación. Siempre estaba ahí. Pero ya no. Su cuerpo estaba bajando a la tierra que lo vio nacer. Las palabras de todos eran amables, llenas de buenos recuerdos, dejando atrás cualquier rencilla que pudieran tener en el pasado. Los unió a todos con un único sentimiento. Por supuesto, esto duró poco tiempo. Al final, sólo los más cercanos mantendrían su recuerdo.
Sobretodo su familia. Sobretodo su compañero de piso. Los únicos que tuvieron acceso a sus últimas palabras, escritas sobre un papel con lágrimas incrustadas. Su letra siempre fue un desastre, pero esta vez se le entendía claramente: "Sólo era una carcasa vacía. Ya morí hace tiempo." En un primer vistazo, el mensaje era algo confuso. Se entendía lo que quería decir, pero sigue sin contestar a la gran pregunta que se hacían todos: ¿Por qué?
Supongo que nadie le conocía especialmente bien. Nunca contaba sobre su interior. Tampoco le preguntaban, quizás por cortesía, pero nadie se preocupaba, ya que nunca dio signos de flaqueza.
Nadie sabía sobre su miedo a la oscuridad, a la soledad, ambos juntos de la mano en incontables ocasiones. Largas noches con sólo la Luna como luz, con sólo su pensamiento como actor, con sólo su fobia como espectador.
Nadie sabía de su sueño de ser útil, de ayudar a superar esa soledad a los demás, de provocar sonrisas en sus rostros, de sentir gratitud, amistad, incluso amor, de forma recíproca. Algo egoísta podría ser, pero no más de lo que pediría un niño asustado en busca de un amigo que le entendiera como él intentaba entenderle.
Nadie sabía de su extrema sensibilidad. Cualquier cosa le hacía feliz. Cualquier cosa le destrozaba. Y mientras sus éxitos eran efímeros, sus fracasos le obligaban a arrastrar cadenas, miedos, temores, inseguridades, le convirtieron en un esclavo.
Nadie sabía lo que rondaba por su cabeza. Tampoco nadie le preguntó, y él era demasiado negativo para si quiera pensar que a alguien podría interesarle.
Nadie sabía de sus múltiples amistades. De todas las personas que conoció, que intentó mantener relación con ellas. Lo consiguió con algunas, fracasó con otras, pero la mayoría, de una forma u otra, acababan en el olvido. Cada uno seguía su camino. Pero él era demasiado cobarde, demasiado débil, y cada pérdida le torturó como si se hubiera desprendido de cualquier extremidad. Para él, todos eran importantes. Y todos se iban de su lado.
Nadie sabía de uno de sus mejores amigos. Eran inseparables. Compartían opiniones, pensamientos... en otras palabras, era como un reflejo de su persona. Se tiraban las tardes caminando, charlando sin agotar ningún tema de conversación. Siempre estaban el uno para el otro. Hasta que acabó. No hay más historia en este cuento: simplemente se distanciaron sin razón aparente. Por orgullo, por miedo o por estupidez, nunca preguntó las razones, sólo lo aceptó. Y eso le fue consumiendo.
Nadie sabía de su amiga extranjera. Nunca se vieron, pero su amistad ardía con fuerza en cada uno. Ella le abría su corazón con cada historia, con cada rasgo de su personalidad, abrió su alma. Él lo intentó, pero como todo en su vida, fracasó. La quería con locura, pero nunca consiguió mostrarse completo. Hasta el día que ella se hartó, con su corazón roto por culpa de una confianza ciega que acabó por sentenciarla. Desde entonces, no supo mucho de ella. A veces intercambiaban palabras, pero no era lo mismo. Y perder un pilar de su vida no hizo más que ayudar aún más a desmoronarse.
Nadie sabía de sus amores, de su facilidad de querer. Lo daba todo, se esforzaba por ser mejor en cada relación, con cada persona que simplemente permitiera acercarse a su ser. Aun así, la gran mayoría no era correspondido. No era culpa de nadie, es ley de vida. Pero con cada golpe, una nueva herida se abría y salpicaba al siguiente que se acercara. Al final, no conseguía ser él mismo, sólo era otro más que no destacaba en nada, y acababa siendo ignorado con más frecuencia.
Al final, nadie le conocía. Lloraban por alguien que no era él. Pero él nunca llegó a existir como tal. Nunca pudo ser libre, nunca pudo expresarse por su propia culpa. Nadie vio en sus ojos su grito de auxilio. Aunque seamos sinceros, nadie le habría podido ayudar a estas alturas. Estaba demasiado condicionado. Era un niño asustado al que le obligaban a golpes ser adulto. Y nunca soportó eso. Nunca lo dejó ver, por supuesto. Todo era una actuación, una perfecta perfomance para poder seguir adelante. Pensaba que podría seguir. Que se podría creer su propia mentira. El constante alcohol supongo que le dio un momento de claridad. Es una pena. Quizá podría haberlo conseguido. Pero ha muerto. Él ha dejado de existir.
Sólo quedo yo. Un fantasma que no siente nada. Que debe marcharse a un lugar mejor en vez de observar su carcasa vacía.
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