La única compañía en estas noches son las estrellas, expectantes de mis acciones cada vez que vengo a este pequeño retiro de la ciudad. El bosque está apenas a quince minutos de paseo desde sus límites, y dentro del bosque hay un pequeño claro. Parece sacado de un sueño: la hierba perfecta sin alterar, los árboles formando un círculo alrededor, y por supuesto, el cielo estrellado que se alternaba con una Luna perfecta iluminando la zona como si de magia se tratase. Suena a invento, pero era real. No sé si alguien aparte de mí lo ha descubierto. Lo dudo, la gente no suele andar de noche y menos aún por el bosque. Yo no tenía nada que perder aquella noche, de forma que lo descubrí.
Esa primera vez caminé hasta desgastar mi aliento. Las lágrimas simplemente caían como lluvia. Sólo quería perderme, que por una vez los cuentos de miedo fueran reales y que alguna criatura extraña me llevara a lo profundo del bosque para no volver jamás. Caminé horas hasta que me cansé, y mis piernas flaquearon del esfuerzo. Caí, sin darme cuenta, en aquel claro. Me quedé embelesado cuando vi mis lágrimas caer y fundirse levemente con la hierba, como el rocío por la mañana. Levanté la vista y no la bajé en horas. Esa visión hizo que me levantase y volviese a casa de madrugada. Cansado, pero vivo.
Desde entonces, siempre que tenía que tomar cualquier decisión que pudiera cambiar mi rutina, mi vida, venía aquí. No sé cuanto tiempo me pasaba tumbado viendo las estrellas en movimiento, formando historia. Tampoco me importaba. Cuando mi corazón iba acorde al susurro del viento, le daba un respiro a mis ojos de contemplar tal obra de arte. Es entonces cuando, a pesar de estar en plena oscuridad, veía el universo a mi alrededor. Es entonces cuando podía decidir sin miedo a equivocarme. Eso no significa que no me equivocara, al contrario, fallé demasiadas veces. Pero no tuve miedo. No me arrepentí.
Sólo yo y el cielo... Como si de una presencia divina que me guiará en mi caótico camino.
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